Pedro Álvarez, adiós al huerto
«Los cien campesinos de Sant Pau empezamos a morir hoy»
17-10-2007

El ex-encofrador de Badía, Pedro Alvarez Pérez, 65, de Algodonales (Cádiz) en Catalunya desde 1963, es uno de los 100 campesinos de Sant Pau del Riusec que ha terminado aceptando 447 tristes euros, a cambio del huerto que le da la vida.

Al otro lado de la carretera de Bellaterra, otros tantos agricultores han sido también expulsados a toda prisa para construir un polígono industrial.
Ayer cerraba por última vez el candado de su huerto con piscina, mesa de cemento, barbacoa, generador, pozo, árboles frutales y centenares de hortalizas que ya no van a recogerse.
En un par de semanas una excavadora sin corazón se va a llevar por delante 30 años de ilusiones.

Pedro Álvarez, adiós al huerto
—Pero usted sabía que esta tierra no era suya.
—Claro que lo sabía. Nunca pagué ni compra ni alquiler. había huertos libres y me quedé éste.
—Sabía, por lo tanto, que le podían echar en cualquier momento.
—Sí, pero como los ayuntamientos de Cerdanyola y Barberà dan huertos comunitarios a los campesinos que van echando del Ripoll, yo tenía la esperanza de que el de Sabadell haría lo mismo.
—¿Y no?
—Pues no. El de Sabadell no se ha portado. Al final nos han ofrecido dinero.
—Pero usted no quería dinero.
—Ni yo ni ninguno.
—¿Cuando les avisaron?
—En septiembre me encontré un papel en el huerto sin firma, ni dirección, ni teléfono. Decía que cogiera mis pertenencias y me fuera urgentemente.
—No hizo caso.
—Claro. A la semana un segundo papel con el nombre de la empresa. Y al final otro que pasáramos hoy a cobrar por la entrada de la Depuradora.
—Y al final ha cobrado.
—Pues sí. He sido de los últimos. Qué remedio.
—¿Sin luchar?
—Hicimos dos juntas de hortelanos. A la primera se presentaron más de 70. Pero a la segunda sólo fuimos seis. Ya no podíamos hacer fuerza ninguna.
—¿Cuántos sóis en total?
—En este lado de la carretera, los de las depuradora, más de cien. En el otro más o menos. Pero todos van a fuera.
—¿750 metros no son muchos para un huerto?
—Es el más grande de por aquí. Era chiquitito pero, poco a poco, lo he ido ampliando.
—¿Qué va a hacer ahora?
—Me tendré que meter en los bares. Pero no soy yo hombre de bar.
—Habrá otras alternativas.
—Ninguna. Nada más que el bar.
—Petanca, excursionismo, yo que sé.
—¿Petanca yo?
—¿Venía aquí cada día?
—Cada mañana y muchas tardes. ¿No ve el trabajo que hay?
—Pues no estoy yo muy puesto.
—Mire este cerezo, da unas cerezas así de guapas. Y este ciruelo es una hermosura. ¿Ve? Aquí tengo pimientos tardíos y tomates tardíos. Y aquí las fresas, los espárragos, las calabazas, fíjese en la parra, aún tiene uvas, tome una, ¿a que está buena? Allí hay un olivo, aquí dos nísperos, allá abajo un peral que es divino. Todos los he criado yo de chiquititos. Les he visto crecer.
—Comíais gratis toda la familia.
—¡Vaya! Hasta los vecinos. Nunca he querido vender nada.
—¿Se va a perder todo?
—Todo. No me da tiempo a recogerlo. Qué lástima tan grande.
—¿Y esa mesa?
—Para toda la familia. Mire, aún cuelgan los farolillos del último cumpleaños de mi nieta. Hemos hecho aquí tantas celebraciones, verbenas, fiestas, comuniones. Algún día hubo aquí aparcados hasta 20 coches de parientes.
—Su segunda residencia, vamos.
—Pues sí porque cada domingo venimos aquí toda la familia.
—¿De verdad es ésto una piscina (a la izquiera en la foto)?
—Claro (con orgullo). Esto es un huerto de lujo, oiga. Aquí se han bañado cinco hijos y mis cuatro nietos. Mide 4 x 3 metros y tiene 1’70 de fondo. Así me sirve para regar los años de sequía.
—Le servía.
—Eso... me servía... (se emociona pero corta la lágrima)
—¿Pero qué le gusta tanto?
—Me llama. Aquí está toda mi vida.
—¿Necesita la tierra?
—Sí. Necesito trabajarla. Que son 30 años que llevo aquí y... claro (pausa larga), me duele.
—¿Como usted todos?
—Los cien que estamos aquí empezamos hoy a morir un poco.
—¿No exagera?
—No exagero. Muchos venían andando cada día y esa caminata ya se la van a perder. Aquí hay gente de 70 y 80 años. ¿Qué va a ser de ellos? A ninguno le gusta el dómino ni las cartas. Van a durar cuatro días.
—¿Es hoy un día triste?
—Lo que pasa que no lo quiero dar a entender pero... (retiene la lágrima) yo... yo... yo no me voy a adaptar al bar.
Otro teleadicto pasivo
POCA SENSIBILIDAD
No ha mostrado mucho sensibilidad el Ayuntamiento de Sabadell hacia este enorme colectivo de gente mayor tan necesitados de un palmo de tierra.
Sorprende ver como el alcalde Bustos y el concejal Estrada anuncian a bombo y platillo en el Parc Agrari «mayor protección para las áreas de cultivo periurbano» en los mismos instantes en que más de un centenar de agricultores del Ripoll, en término municipal de Sabadell, son echados a la calle con tanta urgencia como desprecio.