Elfiya Mitina, transformista rápida
«Me pongo nueve vestidos
en décimas de segundo cada uno»
16-5-2007

Uno de los números que más ha llamado la atención del Circo Medrano que ha pasado el Aplec en Sabadell es el transformismo de al rusa Elfiya Mitina y su marido Sergei Mitin, ambos moscovitas.
Se cambia de vestido en medio segundo. Pasa de shorts a tiros largos en un abrir y cerrar de ojos. De novia a bañador en un plis plas. En total nueve vestidos y cada cambio dura lo que dura un rápido pase de aro alrededor de su cuerpo.

Elfiya Mitina, transformista rápida
—¿Cómo lo hace?
—Ah! (sonriendo) Eso es secreto. Si se lo dijera perdería toda la gracia.
—Ya, pero tenía que intentarlo.
—Digamos que es magia.
—Empieza gordita y acaba delgada o sea que seguro que sale con todos los vestidos arrugados dentro, uno en el pecho, otro en la cintura... No?
—No insista (ríe) que no se lo voy a decir.
—Lo que no entiendo es donde va a parar el que se quita.
—Intentamos sorprender.
—En Sabadell no estábamos acostumbrados a este número.
—Pues desde hace cinco o seis años es bastante habitual en circos y salas de fiestas. En Rusia y en toda Europa.
—Y en Las Vegas, dicen.
—Sí, allí es uno de los números más actuales.
—¿De quién lo aprendió?
—Me lo enseñó una amiga gimnasta que lleva ya un tiempo en los circos rusos.
—¿Cuántos vestidos se ponía ella?
—Seis o siete.
—Usted nueve.
—He perfeccionado el número un poco.
—¿Se puede perfeccionar más todavía: doce, quince, veinte vestidos?
—Se puede, sí. Cada día ensayamos para aumentar el número. Pero no es fácil.
—Corte, costura y confección ¿Todo suyo?
—Sí.
—¿Más velcro que cremallera?
—No. Ni un velcro ni una cremallera.
—¿Siempre gasa o tul?
—No. Utilizo gasa porque es más glamurosa. Pero se puede hacer con cualquier género textil.
—A veces se cambia, siempre a velocidad de vértigo, de arriba a abajo. Otras de abajo arriba. ¿De qué depende?
—Hay que combinar las dos modalidades, pero no es más fácil una que otra.
—¿Concentrarse es importante?
—Sólo al principio. Luego es una rutina.
—Pues esta tarde (lunes) le ha fallado un vestido y su marido ha tenido que taparla de nuevo. ¿Es habitual?
—No mucho, pero lo de hoy no ha sido nada. Te pueden pasar cosas mucho peores.
—¿Por ejemplo?
—¡Ah no! (venga a reir con su marido, Sergei, que aún habla menos inglés que ella). Eso sí que no se lo digo.
—Sorprende que no se despeine ni un pelo.
—Mi arte no afecta al pelo. Estaría bien que pasara de rubia a morena en un segundo ¿verdad? (más risas).
—¿No le molestan los pendientes?
—No, nada. Pero no puedo llevar ni collares ni pulseras.
—¿Podría un hombre ser transformista rápido?
—Claro que sí. Mi marido y yo lo hemos ya alguna vez.
—¿Cuántos vestidos puede cambiarse un hombre?
—Sólo uno. Los pantalones y la americana lo hacen todo mas complicado.
—¿Hay que tener un cuerpo flexible?
—En circo siempre es importante tener el cuerpo en condiciones porque, como ahora verá, en la segunda parte tenemos otro número acrobático. Y ahí sí que hay que estar en forma.
—¿De qué va el número?
—Mi marido y yo nos cogemos de pies y manos al interior de una gran rueda metálica que gira en diferentes posiciones.
—¿Seguirá allí siendo usted la protagonista?
—No. Allí él es más protagonista que yo.
—¿Lleva toda su vida en el circo?
—En absoluto. Llevo 25 años trabajando con mi marido, pero en circos como éste sólo cinco años, en uno italiano.
—Y ahora con el gran Medrano.
—Sí, pero no somos gente de circo. Yo, en Moscú empecé con la gimnasia artística y acrobática y es a lo que me dedicaba.
—¿Tampoco sus padres eran artistas?
—En absoluto. Ambos tabajaban en fábricas.
—¿Y sus hijos?
—Alexander «Sacha» de 6 años lo tengo aquí durmiendo en la caravana. Y con Maria, de 20 años, hacemos un número de transformismo a tres. Y ahora perdone, pero me paree que oigo la mús... sí! nos toca. Adiós!
La familia que se trasforma unida, permanece unida
FREGOLISMO
En realidad el cambio rápido de vestidos, y además de carácter y personalidad, es tan antiguo, por lo menos, como el payaso italiano Leopoldo Frégoli, nacido en 1867, que triunfó en toda España y medio Europa a principios del siglo XX.
Su éxito le venía de mutar su físico en apenas unos segundos que le servían para cambiar de vestuario, voz, maquillaje y hasta de sexo.
Su poderosa constitución física le permitía, además, un trabajo agotador que admiraba al público.